Paul Auster y el dilema de trabajar en una librería o conducir un taxi

Muchas personas contemplan el trabajo remunerado en una librería como una especie de redención laboral o una lícita recompensa de sus sueños como lectores. Pero, ¿trabajar en una librería puede cambiar tanto nuestras vidas? Parece ser que sí; al menos si  analizas superficialmente los aspectos particulares del oficio o, simplemente, resides en Brooklyn y trabajas temporalmente como taxista. Eso es lo que le sucede a Tom Wood en Brightman’s Attic, un personaje y una librería de lance novelados por Paul Auster en Brooklyn Follies. A tenor de este título, ¿también podemos referirnos a una locura? Sin lugar a dudas. Trabajar en una librería es un disparate. “Nen, ¿no te provoca dolor de cabeza trabajar con tantos libros?“, diagnosticó mi ex-suegra en una visita al establecimiento donde estaba empleado. Esos presuntos problemas neuronales me empujaron a regalarle uno -una vida novelesca de la virgen María- que arrinconó con devoción mariana y peregrina en su cuarto de baño. Me dejó claro que cuando se trata de libros, es mejor codearse con ellos en un ambiente cómodo. Y, decididamente, un comercio de libros no lo es.

La peligrosidad de las librerías no pasa inadvertida para la mayoría de la gente, excepto para los lectores. Pese al aviso conminatorio de la entrada, LIBRERÍA, los lectores penetran alegremente en esos comercios con la esperanza de encontrar satisfacción a unos deseos incubados en su patología bibliófila. ¿No me creen?

Veamos un ejemplo certificado en un libro. Leamos lo que le ocurre a Tom Wood, recién licenciado en literatura norteamericana por la universidad de Cornell, poseedor de una inacabada tesis alrededor de Clarel de Herman Melville, y conductor de un taxi -actividad que Paul Auster define como “purgatorio”-; un alma en pena que a todas luces será la víctima perfecta de una librería, el infierno:

La librería de Harry estaba situada en la Séptima Avenida, sólo a unas manzanas de donde vivía Tom, que había adquirido la costumbre de ir todos los días al Brightman’s Attic. Rara vez compraba algo, pero antes de iniciar su turno de trabajo le gustaba pasar media hora o incluso una entera hojeando los libros usados en la planta baja. En las estanterías se amontonaban miles de libros -de todo tipo, desde diccionarios agotados a olvidados éxitos de librería, pasando por ediciones de las obras completas de Shakespeare encuadernadas en piel-, y Tom siempre se había sentido a gusto en aquella especie de mausoleo de papel, curioseando entre los montones de libros desechados y aspirando al polvoriento olor a viejo [...] Harry no tardó mucho en comprender que Tom sería el encargado ideal para su sección de libros raros y manuscritos en la planta de arriba. No le ofreció el empleo una vez, sino una docena de veces, y a pesar de las reiteradas negativas de Tom, Harry nunca abandonó la esperanza de que un día contestara afirmativamente.

Si para Paul Auster Brightman’s Attic es el cielo -libros amontonados en las estanterías, usados y polvorientos-, nuestras más exitosas y actuales librerías son el infierno -libros colocados siguiendo escrupulosas reglas de merchandising para promover el autoservicio de bestsellers, principalmente novedades o libros de rabiosa actualidad o recuperaciones de éxitos pasados maquillados como publicaciones independientes-.

Las excusas sostenidas en la parte desagradable de la conducción de un taxi nocturno en New York, nos colocan ante la verdadera realidad infernal de las librerías: las falsas expectativas.

-He visto de todo lo habido y por haber, Harry. Masturbación, fornicación, embriaguez en todas sus formas. Vómito y semen, mierda y meados, sangre y lágrimas. En uno u otro modo, todos los fluidos humanos se han derramado en el asiento trasero de mi taxi.

-¿Y quién limpia todo eso?

-Pues yo. es mi trabajo.

-Bueno jovencito, recuerda entonces -decía Harry, llevándose el dorso de la mano a la frente en un fingido desvanecimiento de diva- que, cuando vengas a trabajar a mi establecimiento, descubrirás que los libros no sangran.  desde luego no DEFECAN.

La mayor parte de los libros no defecan, pero se han transformado en una mierda. ¿Se puede prescribir la mierda? Algunas cadenas y librerías piensan que sí. ¿Masturbación, fornicación y embriaguez en la parte trasera de un taxi? Aspirantes a libreros, en muchas ocasiones los objetivos marcados por las grandes librerías son verdaderos índices estipulados bajo los efectos del alcohol, las condiciones de trabajo serán lo más parecido a una violación de penitenciaria y las únicas ilusiones (aquellos libros que nos parecen recomendables e interesantes) un inane ejercicio de onanismo que sólo puede salpicar a algunos clientes.

Entonces, no hagáis caso a Paul Auster y las librerías utópicas que tanto gustan a tantos escritores alejados de la realidad. Alejaos de las librerías que os ofrezcan un empleo, pues estará condicionado por unas condiciones laborales de postguerra o post-edición. Y, sobre todo, conservad vuestro trabajo con la tenacidad que no demostró Tom Wood con la purgatoria conducción de su taxi nocturno.

Publicado el 22 noviembre, 2011 en Bibliofilia, Lance, Librería, Librero, Libreros, Paul Auster, UnaLibreríaPropia y etiquetado en . Guarda el enlace permanente. 1 comentario.

  1. Gran artículo. ¿Qué noble lector no se ha imaginado como empleado de una librería? ¿Y quién no se ha fascinado al escuchar las maravillosas historias que los taxistas cuentan mientras conducen?

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